miércoles, mayo 19, 2010

Sobre Playas, Camionetas y Alcohol.-

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN BARRERA-CERO, THE BLOGG

Esta historia que les contaré a continuación, es más que un karrete…es una hazaña.


Corría el año 2008, cuando por esas cosas de la vida, tokó mi cumpleaños en mi tierra natál, Vallenar. Para celebrar ese día, decidí ir a la playa con un grupo de amigos. Allá nos esperaban más personas, y la promesa de “minocas”. Le conseguí la camioneta a mi viejo, para no andar dando jugo con hacer dedo y por lo menos, si el karrete funaba, tener un techo donde pasar la noche del litoral.
Partimos ese día, el 16 de febrero, a eso de las siete de la tarde. Pasamos a una botillería amiga con la intención de comprar sus wenos copetes. Estaba decidido a tomar tequila aquella noche, pero el dinero y el destino, quisieron lo contrario. La compramos, compramos un par de “promos” y nos hicimos de una java, y eso que éramos cinco.
El inicio del viaje fue piola y sin mayor sobresalto, pero en el momento en que llegamos a la playa, a eso de las nueve de la noche, comenzó la aventura.
No podíamos llegar tan temprano al karrete así es que empezamos a tomarnos las chelas, piolamente, pero si nos pillaban los pacos tomando en el camino, parte seguro. Así es que nos metimos a las malas al terreno de un conocido. Pasaron un par de rondas, y nos pilla un amigo de mi viejo, que tenía un terreno en la playa. Me tira la talla, pero en ese momento estaba seguro que me iba a alumbrar con mi viejo. El asunto pasó piola, hasta que decidimos a ir a otro terreno, más lejos del camino principal. Allá nos quedamos pillados en la arena. Fail. Pero la buena onda de los lugareños nos dejó seguir con la travesía, debíamos llegar al karrete. A todo esto, el karrete era en la cabaña de una amiga, y uno de mis amigos le tenía ganas, así es que por eso ese era el lugar.
Llegamos con toda la perso a la cabaña de la minoca, con media java menos y un par de cosas para contar. Esa noche el alcohol fue demasiado y caí en plena batalla campal, pero lo que pasó, mientras no estaba fue increíble. En la camioneta, se había quedado un wn durmiendo, que por casualidad la desenganchó. La camioneta no tenia freno de mano, y comienza a andar hacia atrás, hacia el mar. Menos mal que pegó en un palo de la reja y que un avispado se metió, a lo Mcgiver, dentro y la enganchó de nuevo.
Casi me fui de espaldas cuando supe. Eché mil chuchá’s, pero la culpa era mía, jamás debí dejar mi camioneta sola. Al día siguiente ayudamos a ordenar un poco, limpiamos un colchón que, por motivos de fuerza mayor, quedó sucio… muy sucio.
La weá es que nos fuimos y quedamos picados porque se había hecho corto el viaje y queríamos seguir webiando. Decidimos seguir al interior del valle, pero ahora no éramos cinco, sino que quedamos tres sacos de bre’a. El Drilo, Yoyi y yo. Cuando llegamos a un lugar conocido, de cuyo nombre no recuerdo, bajamos hasta el río en la camioneta, por un camino súper estrecho y con una curva mortal del infierno. Una weá súper estrecha.
Estábamos webiando un rato, cuando decidimos volver por el mismo camino. Gran error. Llegamos a la curva mortal del infierno, cuando el Drilo intentó doblarla, la camioneta no dio el giro. Detuvimos la neta, y nos bajamos, para ver cómo podíamos hacer pasar la máquina por el caminito. Me subo en la parte de atrás, donde se echan las cosas, y el yoyi en la parte superior del camino. Un barranco estaba del otro lado del camino, y es ahí donde casi caemos. La camioneta se subió en una parte del camino, haciendo que se inclinara sobre el barranco. A centímetros estuvimos de darnos vuelta y caer por la weá. El drilo y yo quedamos pálidos con el movimiento que hizo la camioneta, y cuando puso nuevamente los cuatro neumáticos en el camino, nos bajamos al toke. El loco estaba sudando helado, y yo la vi, así de corta, vi a la pelá y me pasé ese típico rollo de la vida en blanco y negro y en mute. Nada que hacer. Nos quedamos helados y hasta pensamos en llamar a alguien, que nos fuera a buscar, pero justo ahí, parecía que apareció un milagro. Justo en frente de la curva infernal de la muerte, había un terreno de propiedad privada, y con todo el escándalo que habíamos armado, el dueño salió a ver. Se rió de nosotros y de nuestra desgracia, pero el viejo gil nos dejó pasar y dar la vuelta en una parte más amplia. De regreso a casa, no soltamos ni una sola palabra, mi vieja nos invitó a tomar helado, y los cabros estaban pa la kagá. Todavía me rio cuando nos mirábamos para no decirle a mi vieja que casi nos matamos unos minutos antes. Fue increíble que la camioneta no terminara de darse vuelta y caer cerro abajo. Nunca más le pido la camioneta a mi viejo.-

1 comentario:

  1. me imagino las caras! notable narración! besos y abrazos.
    Li

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